Las revistas científicas

(6 de Marzo del 2021)
La revisión de pares
En la actualidad, se conoce con el nombre de “revisión de pares” al sofisticado y arbitrario proceso de selección que sigue cualquier articulo antes de su publicación en una revista científica de las muchas que existen. Hace referencia, por lo tanto, al proceso de censura al que se someten los artículos antes de su publicación, pero aquí estamos utilizando el término para referirnos al conjunto de reglas que deben seguirse para garantizar que cualquier afirmación que se haga dentro de una disciplina científica pueda ser criticada, de manera permanente, por cualquier otro científico o cualquier otra persona que lo crea conveniente, es decir, para referirnos a lo contrario.
La ciencia se diferencia de cualquiera de los otros muchos sistemas que se han utilizado para acumular y hacer accesible el conocimiento, en que cualquier declaración que se haga dentro de ella está siempre sujeta a crítica y revisión, se considere o no se considere la declaración cierta. Es en este punto en particular en dónde reside la dificultad que entraña que una disciplina pueda llamarse científica, porque no es nada fácil crear el entorno necesario para que se lleve a cabo la crítica permanente de cualquier idea o conocimiento dentro de una comunidad.
Pensemos en una religión cualquiera, por ejemplo, la católica. La estructura que ha creado la Iglesia Católica para difundir el catolicismo es una estructura piramidal en cuya cúspide se encuentra el papa, al que se le atribuye infalibilidad cuando opina sobre la doctrina católica. O de otra manera, dentro de la iglesia católica, ninguna afirmación que haga el papa sobre el dogma católico puede ser puesta en duda y criticada por la comunidad católica. Vemos que el catolicismo no es una disciplina científica, ni puede llegar a serlo, porque no acepta ninguna crítica sobre lo que afirma el papa que es el dogma católico. Lo triste es comprobar que la disciplina económica funciona igual que funciona la iglesia católica y ha recreado la misma estructura piramidal: ha colocado en su cúspide a los economistas que trabajan para las universidades privadas de los EEUU, cuyas opiniones no pueden ser criticadas en ninguna revista de economía.
¿Cómo ha degenerado tanto la ciencia de la economía? ¿Cómo se ha convertido la disciplina económica en una teología al servicio de la minoría favorecida por el sistema económico? Entenderlo no es difícil cuando se estudia el papel que juegan las revistas científicas dentro de la metodología científica.
La revisión de pares se concibe en origen para garantizar que todo el paradigma científico este siempre abierto a cualquier crítica o a cualquier nuevo dato que pueda ponerlo en duda para obligar a la comunidad científica a que lo revise en el caso de que aparezcan dudas o pruebas en contra. En este sentido, la función de las revistas científicas es que pueda hacerse pública cualquier crítica a las ideas que son consideradas ciertas según el paradigma científico. El problema aparece cuando el proceso de critica permanente que debe llevarse a cabo en las revistas de economía (y que es la base de método científico) es manipulado para hacer lo contrario, para impedir que puedan criticarse las afirmaciones que se presenta a la comunidad de economistas rodeada del halo de “afirmación científica. De hecho, esto es lo que ha ocurrido en la disciplina económica.
La perversión que supone este cambio en la función que tiene encomendadas las revistas de economía, es tan increíble, tan inconcebible, que ningún economista parece haberse dado cuenta que es lo que viene ocurriendo desde hace más de cincuenta años con los artículos que se publican en las revistas de economía de todo el mundo. El necesario proceso de revisión al que es sometido cualquier articulo antes de su publicación, es utilizado dentro de la disciplina económica para lo contario, para censurar los artículos atendiendo a criterios ideológicos, no científicos.
No es nada difícil entender cómo es posible que en un mundo y en una época en la que la ciencia se presenta como paradigma de la razón, la independencia y el conocimiento, pueda utilizarse las revistas científicas como un tribunal de censura para impedir que prospere cualquier idea que ose criticar la Doctrina Liberal que se enseña en todas las universidades del mundo. Solo es necesario analizar cuál es el proceso que sigue cualquier articulo antes de ser publicado en las revistas de economía, para entender cómo se puede presentar como una genialidad lo que solo es una de las estupideces más grandes que pueden decirse sobre un tema, hasta el punto de llegar a conceder el Premio Nobel de Economía a ideas cuya falsedad lleva tiempo demostrada:
- El artículo es valorado primero por el editor de la revista, o por la persona que la dirección de cada revista pueda haber designado para ello. La intención es determinar en una lectura rápida si el artículo es adecuado para su publicación en la revista. Cuando el artículo se rechazada en una primera valoración, se suele devolver al autor acompañado de un lacónico comentario, diciendo que, o bien su temática no se ajusta a la que sigue la revista, o bien que ya se han publicado artículos muy semejantes a este, o bien que el articulo no tiene suficiente relevancia, o bien se rechaza sin dar ninguna explicación.
- Cuando el editor encuentra interesante el artículo entonces se envía a un grupo de 2 a 5 revisores, cuyos nombres suelen quedar en el anonimato, y a los que se les supone independientes y conocedores del tema particular que trata el artículo. Son ellos los que, trascurridos entre 15 días y 3 meses, emiten un veredicto sobre el artículo, que tiene por resultado, ser publicado o no ser publicado por la revista.
- A partir de aquí, lo que sucede con el proceso de valoración del artículo se vuelve confuso en el mejor de los casos. Unas veces el artículo se devuelve al autor para su modificación y revaluación en algunos aspectos concretos, y otras veces se rechaza definitivamente, pero nunca se le dice al autor quiénes fueron las personas que valoraron su trabajo ni cuál fue el resultado de tal valoración. Es decir, ni el autor ni la comunidad científica sabe por qué el artículo ha sido rechazado, ni tampoco sabe quién lo ha rechazado (la comunidad científica ni siquiera llega a saber que ha sido presentado para su publicación).
El oscuro proceso de evaluación al que es sometido un artículo antes de publicarlo, tiene su origen en el pasado reciente, cuando la comunidad científica era muy reducida y todos los científicos se conocían entre sí. En aquella época se consideró una buena idea que quién hacía de censor, y las razones por las que se rechazaba o admitía un artículo, permanecieran en el anonimato para evitar suspicacias entre científicos que se conocían. Pero a nadie se le oculta, que el oscuro proceso de evaluación que acabamos de describir pone los pelos de punta a cualquier persona que sepa un poco de historia, porque es muy parecido al procedimiento que sigue cualquier Tribunal de Censura para impedir que se publiquen ideas que se consideran peligrosas para los que gobiernan. Por ejemplo, es el mismo proceso que seguía el Tribunal de la Santa Inquisición, y que solía terminar con la condena del acusado a arder en una hoguera.
De hecho, en los albores del método científico no se utilizaban las revistas científicas tal y como se hace en la actualidad. En aquella época, la revisión de pares se llevaba a cabo mediante la correspondencia escrita entre especialistas y con la organización de congresos presenciales, mientras que las revistas científicas quedaban en un segundo plano y se utilizaban únicamente para comunicar los descubrimientos más importantes al resto de la comunidad científica menos especializada. Se entiende muy bien por qué en aquella lejana época, el proceso de selección de los artículos no revestía ningún peligro para el método científico ni para la ciencia, ya que la revisión de pares no se estaba llevando a cabo con la publicación de artículos en las revistas. Tampoco el idealismo implícito entre los científicos, que siempre se han visto a sí mismos como incorruptibles bienhechores de la humanidad, ayudaba mucho a ver el peligro potencial que encerraba el nauseabundo sistema de selección de artículos que imponen a los investigadores los que dirigen las revistas científicas, y el tiempo pasó sin que nadie pusiera en duda el proceso, ni viera sus peligros potenciales.
Pero el tiempo nunca pasa en valde.
Dios es máquina
La ciencia pasó en menos de 200 años, del “dios es máquina” que abre la revolución industrial, al “sálvese quien pueda” que trae consigo el más atroz liberalismo económico. El conocimiento científico, antes conocimiento colectivo compartido, dio paso a una carrera por la obtención de patentes que convierten a la ciencia y al método científico en la mayor fuente de desigualdad entre los países. Inmensas universidades se alzaron entonces por todos los lugares del mundo, de la misma manera que solo unos siglos antes se habían alzado las inmensas catedrales, sinagogas, madrazas o los templos budistas. El nuevo dios reclamaba su tributo, y el poder y las riquezas que generaban los descubrimientos científicos eran inmensas. Pero lo terrible, lo que causa escalofríos cuando recreamos aquellos momentos, era el aura de irrealidad que estaba tomando la ciencia y lo “científico”. Ser “un científico” era como ser un sacerdote. Era ser una persona que estaba en contacto con la sabiduría y el conocimiento, y poco menos que infalible en sus afirmaciones. Fue en ese clima de irrealidad entre lo divino y lo humano, entre el sueño y la vigilia, entre la sabiduría y la ideología, cuando la ciencia se utilizó para sostener las teorías racistas con las que se justificaba el más atroz colonialismo de la época y con las que se dio paso al genocidio de los judíos. La ciencia se había convertido en algo demasiado poderoso como para dejarlo al alcance de cualquiera. Presentar una afirmación como respaldada por el método científico era presentar la afirmación como una verdad absoluta, y eso era algo que no podía dejarse en manos de cualquiera.
Era inevitable, que quiénes decidían lo que se publicaba en las revistas de ciencia utilizaran ese poder para implantar un Tribunal de Censura con el que impedir la propagación de ideas que consideraban contrarias a sus intereses. No solo eso, ese mismo poder de censura les iba a permitir presentar afirmaciones absurdas como afirmaciones respaldadas por la ciencia, con tan solo publicarlas en una revista científica.
El cómo se ha llegado a eso y por qué se ha permitido que tal cosa suceda, a nadie se le escapa.
Podemos entender que haya periódicos de izquierda y de derecha, y podemos entender que a los periodistas se les exija profesar la ideología de la línea editorial del periódico en el que trabajan. Sin embargo, nos costaría mucho entender que algo así ocurriera en las revistas científicas. A los científicos le gusta pensar que los artículos científicos se publican según la importancia científica que tienen y no por la ideología que profesa, olvidándose por completo que la “verdad científica” solo es el consenso al que se llega utilizando la metodología científica. Los científicos se comportan como niños cuando prefieren ignorar lo que eso significa: que es muy fácil hacer pasar por ciencia lo que solo es ideología. Basta con controlar el proceso de selección al que someten los artículos que se publican en las revistas científicas, y eso es lo que ha ocurrido.
En la actualidad, son las personas que dirigen las revistas más importantes de economía, todas ellas dependientes de alguna universidad privada de los EEUU, las que deciden que es verdadero y que es falso dentro de la disciplina de la economía, lo que solo puede traer la ruina y llevar al desastre a toda la humanidad.
6 de marzo del 2021